Los Miserables

Autor: Víctor Hugo

Primera Parte: Fantine

Libro sexto

Javert

Cap II : De cómo Jean puede convertirse en Champ.

Una mañana, el señor Madeleine estaba en su gabinete de trabajo, ocupado en dejar zanjados de antemano unos cuantos asuntos urgentes del ayuntamiento por si se decidía a hacer el viaje a Montfermeil, cuando le dijeron que el inspector de policía Javert quería hablar con él. Al oír ese nombre, el señor Madeleine no pudo evitar una impresión desagradable. Desde la aventura en el puesto de policía, Javert había evitado más que de costumbre coincidir con él, y el señor Madeleine no había vuelto a verlo.

—Hágalo pasar —dijo.

Javert entró.

El señor Madeleine se había quedado sentado junto a la chimenea, con una pluma en la mano y la mirada puesta en una carpeta que estaba hojeando y anotando y en la que había atestados de multas de la policía de la red viaria. No lo dejó para atender a Javert. No podía impedir acordarse de la pobre Fantine y le convenía comportarse de forma muy fría.

Javert saludó respetuosamente al señor alcalde, que le daba la espalda. El señor alcalde no lo miró y siguió poniendo notas en los papeles de la carpeta.

Javert avanzó dos o tres pasos por el gabinete y se detuvo sin romper el silencio.

Un fisonomista familiarizado con el carácter de Javert que llevase tiempo estudiando a ese salvaje puesto al servicio de la civilización, a ese compuesto peculiar de romano, de espartano, de monje y de cabo, a ese espía incapaz de decir una mentira, a ese hombre de la pasma virginal, un fisonomista que hubiera estado al tanto de la secreta y antigua aversión que le inspiraba el señor Madeleine, de su conflicto con el alcalde en el caso de la Fantine, y que hubiera mirado en ese momento a Javert, se había preguntado: ¿qué ha sucedido? Era evidente para quien conociera esa conciencia recta, clara, sincera, proba, austera y feroz que Javert se había encarado con algún importante suceso interior. Javert no tenía nada en el alma que no tuviera también en la cara. Era, como todas las personas de carácter violento, propenso a los cambios de rumbo bruscos. Nunca había mostrado una fisonomía más extraña e inesperada. Al entrar, le hizo una inclinación al señor Madeleine con una mirada en que no había ni rencor, ni ira ni desconfianza, y se detuvo a pocos pasos del sillón del alcalde; y ahora estaba ahí, de pie, en actitud casi disciplinaria, con la rudeza ingenua y fría de un hombre que nunca fue manso y siempre fue paciente; esperaba, sin decir palabra, sin hacer ni un movimiento, con una humildad auténtica y una resignación tranquila, a que el señor alcalde tuviera a bien darse la vuelta; esperaba sereno, serio, con el sombrero en la mano, con los ojos bajos y una expresión que estaba entre el soldado ante su oficial y el culpable ante su juez. Todos los sentimientos y todos los recuerdos que se le habrían podido suponer habían desaparecido. No quedaba ya nada en aquel rostro impenetrable y sencillo como el granito sino una tristeza adusta. Toda su persona respiraba sumisión y firmeza y algo así como un agobio llevado con coraje.

Por fin soltó la pluma el señor alcalde y se volvió a medias:

—¿Y bien? ¿Qué hay? ¿Qué sucede, Javert?

Javert se quedó callado un instante, como si buscara el recogimiento; alzó luego la voz con una especie de solemnidad triste que, sin embargo, no excluía la sencillez.