Los Miserables

Autor: Víctor Hugo

Primera Parte: Fantine

Libro sexto

Javert

Cap I : Comienza el descanso.

El señor Madeleine mandó llevar a la Fantine a la enfermería que tenía en su propia casa. Se la confió a las monjas, que la metieron en la cama. Se le había declarado una fiebre alta. Pasó parte de la noche delirando y hablando en voz alta. Pero acabó por quedarse dormida.

A la mañana siguiente, Fantine se despertó a eso de las doce; oyó una respiración muy cerca de su cama, corrió la cortina y vio al señor Madeleine de pie, mirando algo que estaba más arriba de su cabeza. Era una mirada llena de compasión y de angustia, suplicante. Fantine miró en la misma dirección y vio que esa mirada iba a un crucifijo clavado en la pared.

Ahora Fantine veía al señor Madeleine transfigurado. Le parecía rodeado de luz. Estaba absorto en algo que parecía una plegaria. Ella lo estuvo mirando mucho rato sin atreverse a interrumpirlo. Por fin, le dijo con timidez:

—¿Qué hace aquí?

El señor Madeleine llevaba allí una hora. Estaba esperando a que Fantine se despertase. Le cogió la mano, le tomó el pulso y contestó:

—¿Cómo se encuentra?

—Bien; he dormido —dijo ella—; creo que estoy mejor. No será nada.

Él siguió diciendo, respondiendo, como si la acabase de oír, a la pregunta que le había hecho Fantine de entrada:

—Le estaba rezando a ese mártir de ahí arriba.

Y añadió con el pensamiento: «Por la mártir que está aquí abajo».

El señor Madeleine se había pasado la noche y la mañana informándose. Ahora estaba al tanto de todo. Sabía la historia de Fantine, con todos sus desgarradores detalles. Siguió diciendo:

—Ha sufrido mucho, pobre madre. ¡Ay, no se queje, ahora cuenta con la dote de los elegidos! Así es como los hombres se vuelven ángeles. No tienen ellos la culpa; es que no saben apañárselas de otro modo. Ese infierno del que ha salido es la primera forma del cielo, ¿sabe? Tenía que empezar por ahí.

Dio un hondo suspiro. Pero ella le sonreía con esa sonrisa sublime a la que le faltaban dos dientes.

Esa misma noche Javert había escrito una carta. La llevó personalmente al día siguiente por la mañana a la oficina de correos de Montreuil-sur-Mer. Iba a París y en el sobre ponía: A la atención del señor Chabouillet, secretario del señor prefecto de policía. Como había corrido la voz de lo sucedido en el cuerpo de guardia, la jefa de la oficina de correos y unas cuantas personas más que vieron la carta antes de que saliera y reconocieron en las señas la letra de Javert pensaron que enviaba su dimisión.

Al señor Madeleine le faltó tiempo para escribir a los Thénardier. Fantine les debía ciento veinte francos. Les mandó trescientos, diciéndoles que se cobrasen de esa cantidad y que llevasen a la niña en el acto a Montreuil-sur-Mer, donde su madre, enferma, la reclamaba.

Thénardier se quedó deslumbrado.

—¡Demonios! —le dijo a su mujer—. No hay que soltar a la niña. Resulta que esa simple va a convertirse en una vaca lechera. Adivino qué ha sucedido. Algún bobo se habrá encaprichado de la madre.