Novela: Crimen y castigo

Autor: Fiódor M. Dostoievski

CUARTA PARTE

CAP II

Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron en seguida en dirección a la casa de Bakalaieff, deseosos de llegar antes que Ludjin.

—¿Quién es ése que salía al entrar yo en tu cuarto?—preguntó Razumikin cuando estuvieron en la calle.

—Svidrigailoff, el propietario en cuya casa estuvo mi hermana de institutriz y de donde tuvo que salir porque el dueño la requería de amores. Marfa Petrovna, la mujer de ese señor, la puso a la puerta. Más tarde, esa misma Marfa Petrovna pidió perdón a Dunia. Esa señora ha muerto repentinamente hace pocos días; de ella hablaba mi madre esta tarde. No sé por qué me da mucho miedo ese hombre. Es un tipo muy original y, por añadidura, ha tomado una firme resolución. Cualquiera diría que sabe algo… Ha llegado a San Petersburgo en cuanto se celebraron los funerales de su mujer… Es preciso proteger a Dunia contra él. Eso es lo que yo quería decirte, ¿entiendes?

—¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra Advocia Romanovna? Te agradezco que me hayas dicho eso… La protegeremos, puedes estar tranquilo… ¿Dónde vive?

—No lo sé.

—¿Por qué no se lo has preguntado? Pero no importa, yo le encontraré.

—¿Le has visto?—preguntó Raskolnikoff después de una pausa.

—Sí, le he examinado de pies a cabeza y te aseguro que no se me despintará.

—¿No le confundirás con otro? ¿Le has visto distintamente?—insistió Raskolnikoff.

—¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y le conocería entre mil. Soy buen fisonomista.

Se callaron de nuevo.

—¡Hum!—exclamó Raskolnikoff—. Me parece que soy víctima de alguna alucinación.

—¿Por qué dices eso?

—He aquí—prosiguió Raskolnikoff con una mueca que tendía a ser sonrisa—, que decís que estoy loco y voy creyendo que es verdad…

—Vamos, déjate de tonterías y escucha lo que he hecho—interrumpió Razumikin—. Entré en tu cuarto y te encontré durmiendo. En seguida comimos, después de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch. Zametoff estaba todavía en su casa. Quise hablar en debida forma y no fuí afortunado en mi exordio. No acertaba a entrar en materia; parecía que no entendía, pero me demostraban, por otra parte, la mayor flema. Llevé a Porfirio cerca de una ventana y me puse a hablarle; pero tampoco estuve muy feliz. El miraba de un lado y yo de otro. Por último, le aproximé el puño a las narices y le dije que le iba a reventar. Porfirio se contentó con mirarme en silencio. Yo escupí y me marché. Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. Con Zametoff no cambié ni una palabra. Me daba a los diablos por mi estúpida conducta; pero me he consolado con una reflexión; al bajar la escalera me dije: ¿Vale la pena que tú y yo nos preocupemos de ese modo? Si algún peligro te amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué tienes tú que temer? No eres culpable; luego no debes inquietarte de lo que piensen ellos. Más tarde nos burlaremos de su necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos el haberse equivocado tan groseramente! No te preocupes; ya les sentaremos la mano; mas por el momento, limitémonos a reír de sus tonterías.

—Es verdad—respondió Raskolnikoff—. ¿Pero qué dirás tú mañana?—añadió para si.

¡Cosa extraña! Hasta entonces no se le había ocurrido ni una vez preguntarse: «¿Qué pensará Razumikin cuando sepa que soy culpable?» Al ocurrírsele esta idea miró fijamente a su amigo. El relato de su visita a Porfirio le había interesado muy poco; otras cosas le preocupaban en aquel momento.

En el corredor encontraron a Ludjin que había llegado a las ocho en punto; pero había perdido algún tiempo en buscar el número; de modo que los tres entraron juntos sin mirarse ni saludarse.[151] Los jóvenes se presentaron los primeros. Pedro Petrovitch, siempre fiel a las conveniencias, se detuvo un momento en la antesala para quitarse el gabán…

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