Los Miserables

Autor: Víctor Hugo

Cuarta Parte: El idilio de la calle de Plumet y La epopeya de la calle de Saint-Denis

Libro sexto

Gavroche

Cap I : Una trapacería del viento.

En la temporada posterior a 1823, mientras el figón de Montfermeil iba naufragando y hundiéndose poco a poco no en el abismo de una bancarrota sino en la cloaca de las deudas menudas, el matrimonio Thénardier tuvo otros dos hijos, varones ambos. Con ellos sumaban cinco: dos chicas y tres chicos. Era mucho.

La Thénardier se quitó de encima a los dos últimos, cuando eran aún de muy tierna edad, con singular facilidad.

Que se los quitó de encima es la expresión exacta. No había en aquella mujer más que un retazo de naturaleza. Fenómeno del que podemos dar más de un ejemplo. Igual que la mariscala de La Mothe-Houdancourt, la Thénardier sólo era madre de sus hijas. Ahí acababa su maternidad. El odio que sentía por el género humano empezaba en sus hijos varones. En la vertiente que daba a sus hijos su maldad estaba cortada a pico y su corazón era, en ese tramo, lúgubremente escarpado. Como ya hemos visto, aborrecía al mayor; de los otros dos abominaba. ¿Por qué? Porque sí. El motivo más terrible y la respuesta más indiscutible: porque sí. «No necesito yo para nada una patulea de niños», decía aquella madre.

Vamos a explicar cómo habían conseguido los Thénardier librarse de la carga de sus dos últimos hijos e, incluso, sacarles provecho.

La mujer aquella, la Magnon, a la que hemos mencionado páginas atrás, era la misma que había conseguido una renta del buenazo de Gillenormand para los dos niños que tenía. Vivía en el muelle de Les Célestins, esquina con esa calle antigua, la de Le Petit-Musc, que ha hecho cuanto ha podido para trocar por un buen olor[41] su mala reputación. ¿Quién no recuerda la gran epidemia de difteria que asoló, hace treinta y cinco años, los barros parisinos a orillas del Sena y que la ciencia aprovechó para probar a gran escala la eficacia de las insuflaciones de alumbre, a las que de forma tan provechosa ha sustituido hoy en día la aplicación externa de la tintura de yodo? En esa epidemia perdió la Magnon el mismo día, uno por la mañana y otro por la tarde, a sus dos niños, todavía de muy corta edad. Fue un gran golpe. Sus dos hijos tenían mucho valor para esa madre: equivalían a ochenta francos mensuales. Ochenta francos que le liquidaba muy puntualmente, de parte del señor Gillenormand, su recaudador de rentas, el señor Barge, agente judicial retirado que vivía en la calle de Le Roi-de-Sicile. Muertos los niños, se acabó la renta. La Magnon buscó algún recurso. En esa tenebrosa francmasonería del mal a la que pertenecía todo se sabe y todos se guardan el secreto y se echan una mano. La Magnon necesitaba dos niños; la Thénardier tenía dos niños. Del mismo sexo y la misma edad. Un buen apaño para una y una buena inversión para otra. Los niños Thénardier se convirtieron en los niños Magnon. La Magnon se fue del muelle de Les Célestins y se mudó a la calle Clocheperce. En París la identidad que relaciona a alguien consigo mismo queda cortada de una calle a otra.

Como nadie avisó al registro civil, éste no dijo nada y el cambio se llevó a cabo de forma sencillísima. Pero la Thénardier exigió por prestar a los niños diez francos mensuales, que la Magnon prometió e incluso pagó. Ni que decir tiene que el señor Gillenormand siguió cumpliendo. Iba cada seis meses a ver a los niños. No se dio cuenta del cambio. «Señor —le decía la Magnon—, ¡cómo se le parecen!»