Los Miserables

Autor: Víctor Hugo

Cuarta Parte: El idilio de la calle de Plumet y La epopeya de la calle de Saint-Denis

Libro segundo

Éponine

Cap IV : Marius tiene una aparición.

Pocos días después de que un «espíritu» visitara a Mabeuf, una mañana —era lunes, el día de la moneda de cinco francos que Marius le pedía prestada a Courfeyrac para dársela a Thénardier— Marius se metió la moneda en el bolsillo y, antes de llevarla a las oficinas de la cárcel, fue a «dar un paseíto» con la esperanza de que, a la vuelta, tendría ánimos para ponerse a trabajar. Por lo demás, siempre le pasaba lo mismo. Nada más levantarse, se sentaba ante un libro y una hoja de papel para hacer de mala manera alguna traducción; le habían encomendado por entonces que tradujera al francés una famosa disputa entre alemanes, la controversia de Gans y de Savigny; cogía a Savigny, cogía a Gans, leía cuatro líneas, intentaba escribir una, no lo conseguía, veía una estrella que se interponía entre la hoja y él y se levantaba de la silla diciendo: «Voy a salir. A ver si me animo».

Y se iba al campo de la Alondra.

Y allí veía más que nunca la estrella y menos que nunca a Savigny y a Gans.

Volvía a casa, intentaba reanudar la tarea y no lo conseguía; no había forma de volver a anudar ni uno de los hilos que se le habían quedado, cortados, en la cabeza; entonces decía: «Mañana no salgo, que luego no puedo trabajar». Y salía a diario.

Vivía más en el campo de la Alondra que en casa de Courfeyrac. Sus señas auténticas eran: bulevar de La Santé, séptimo árbol pasada la calle de Croulebarbe.

Aquella mañana se había apartado del séptimo árbol y se había sentado en el parapeto del arroyo de Les Gobelins. Un sol jubiloso se colaba entre las hojas recién abiertas e impregnadas de luz.

Pensaba en «Ella». Y aquella ensoñación, convertida en reproche, lo acusaba; pensaba desconsoladamente en la pereza, esa parálisis del alma, que se iba adueñando de él, y en aquella oscuridad que tenía ante sí, más densa por momentos, hasta tal punto que ya ni veía el sol.

No obstante, atravesando esa penosa emanación de ideas inconcretas, que ni siquiera eran un monólogo, pues así de debilitada estaba en él la capacidad de actuar y ya ni tenía fuerzas para desear el desconsuelo, atravesando ese ensimismamiento melancólico, le llegaban las sensaciones del exterior. Oía a sus espaldas, y a un nivel inferior, en ambas orillas del río, cómo golpeaban la ropa las lavanderas de Les Gobelins; y, por encima de su cabeza, cómo parloteaban y cantaban los pájaros en los olmos. Por un lado, el ruido de la libertad, de la despreocupación dichosa, del ocio alado; por otro, el ruido del trabajo. Y había algo que lo movía a hondas ensoñaciones casi sin reflexionar: eran dos ruidos alegres.

De repente, en medio de aquel éxtasis agobiado, oyó una voz conocida que decía:

—¡Anda! ¡Si está aquí!