Los Miserables

Autor: Víctor Hugo

Cuarta Parte: El idilio de la calle de Plumet y La epopeya de la calle de Saint-Denis

Libro decimocuarto

Las grandezas de la desesperación

Cap III : Más le habría valido a Gavroche aceptarle la carabina a Enjolras.

Cubrieron a Mabeuf con un chal grande y negro de la viuda de Hucheloup. Seis hombres hicieron con los fusiles unas angarillas; pusieron en ellas el cadáver y lo llevaron, con las cabezas descubiertas y una lentitud solemne, hasta colocarlo encima de la mesa grande de la sala de abajo.

Aquellos hombres, entregados a aquel acto transcendente y sagrado, no se acordaban ya de la situación de peligro en que estaban.

Cuando pasó el cadáver junto a Javert, que seguía impasible, Enjolras le dijo al espía:

—¡Tú, hasta luego!

Entretanto, a Gavroche, que era el único que no había abandonado su puesto y se había quedado de guardia, le pareció ver a unos hombres acercarse a paso de lobo a la barricada. Gritó de pronto:

—¡Cuidado!

Courfeyrac, Enjolras, Jean Prouvaire, Combeferre, Joly, Bahorel y Bossuet salieron atropelladamente de la taberna. Era ya casi demasiado tarde. Se veía una aglomeración reluciente de bayonetas que ondulaban por encima de la barricada. Unos guardias municipales de elevada estatura estaban entrando, unos saltando por encima del ómnibus y otros por la abertura, e iban echando hacia atrás al golfillo, que retrocedía pero no huía.

El momento era crítico. Era ese momento primero y temible de la inundación, cuando el río supera el nivel del terraplén y el agua empieza a filtrarse por las rendijas del dique. Un segundo más y tomaban la barricada.

Bahorel se abalanzó sobre el primer guardia municipal que entraba y lo mató a quemarropa de un disparo de carabina; el segundo mató a Bahorel de un bayonetazo. Otro había derribado ya a Courfeyrac, que gritaba: «¡A mí!». El más alto de todos, una especie de coloso, se acercaba a Gavroche con la bayoneta por delante. El golfillo agarró con los bracitos el enorme fusil de Javert, se lo echó resueltamente a la cara, apuntó al gigante y disparó. No salió el tiro. Javert no había cargado el fusil. El guardia municipal soltó la carcajada y alzó la bayoneta por encima del niño.

Antes de que la bayoneta tocase a Gavroche, al soldado se le escapó el fusil de las manos; una bala le había entrado por la frente al guardia municipal y cayó de espaldas. Otra bala le dio en pleno pecho al otro guardia, que había atacado a Courfeyrac, y lo hizo caer el suelo.

Era Marius, que acababa de entrar en la barricada.