Novela: Crimen y castigo

Autor: Fiódor M. Dostoievski

CUARTA PARTE

CAP IV (A)

Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.

La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El joven encontró, no sin trabajo, al dvornik, y obtuvo de él vagas indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento maquinal.

—¿Quién hay aquí?—preguntó una voz de mujer.

—Soy yo. Vengo a ver a usted—replicó Raskolnikoff, y penetró en una antesalita.

Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado candelero de cobre.

—¡Es usted! ¡Dios mío!—dijo débilmente Sonia, que parecía no tener fuerzas para moverse de su sitio.

—¿Es éste su cuarto?—y Raskolnikoff entró vivamente en la sala, haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.

Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia, con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la estancia.

Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro aloja[160]miento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía, a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino, una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo, había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni siquiera había cortinas en la cama.

Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar, como si se hallase delante del árbitro de su destino.

—Vengo a casa de usted por última vez—dijo tristemente Raskolnikoff como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la joven—. Quizás no nos volveremos a ver.

—¿Va usted a marcharse?

—No sé… mañana, todo…

—¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?—dijo Sonia con voz temblorosa.

—No sé. Mañana por la mañana todo… No se trata de eso. He venido para decirle dos palabras.

—¿Por qué está usted en pie? Siéntese—dijo con voz dulce y acariciadora.

La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con ojos benévolos y casi enternecidos…

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